martes, 23 de abril de 2013

El trabajo artístico de Picasso en los años sesenta se veía envuelta entre la producción pictórica y escultórica donde incide una y otra vez sobre el mismo tema; en este caso hablamos de la iconografía de la mujer sentada, tema picassiano donde vemos nuevamente la distancia y la cercanía que produce la admiración de una mujer en reposo, tal y como veíamos anteriormente en el Sueño.


Aquí tenemos la obra pictórica de Mujer sentada de 1962 donde reconocemos perfectamente la figura femenina desnuda sentada en el suelo. Su cuerpo es una construcción a bases de planos, como bien hacía en sus esculturas de chapa, pero, en este caso, Picasso trasladó esta concepción al plano bidimensional del lienzo. De la misma forma que ocurría en el Sueño la mujer representada se moldea en la superficie pictórica en formas curvilíneas y sinuosas donde ensalza el carácter erótico gracias a la belleza de estas líneas creadas. Destacamos, por ejemplo, la resolución de las nalgas de la modelo, la formación de los contornos de los pechos y la posición de las manos acentuando el carácter de reposo y de sumisión ante el ojo del pintor.
La formación facetada de la figura y la aplicación de una iluminación arbitraria recuerda mucho a su etapa cubista, pero Picasso añade algo que desencaja la figura en el espacio y que también corresponde a una característica de su pasado cubista: el color. El uso del color neutral de grises azulados en el cuadro hace que la modelo se nos presente más fria y distante ante nosotros. El espectador percibe un carácter anti erótico, pues el cuerpo de la dama desprende, gracias a este uso del color, una sensación de ser casi un cadáver. Aún así la modelo respira y vive en sus formas, pero ocurre lo contrario de lo que sucedía en el Sueño, pues esta última dama no invita al espectador a compartir su compañía. La figura, por tanto, se independiza de la mirada lasciva del espectador, toda una paradoja en la producción erótica de Picasso.

Bibliografía:
- Duncan, D. G., The private world of Pablo Picasso, New York, Ridge Press.

Agustín Gonzalo Mass Rivera.

jueves, 11 de abril de 2013

"Etreinte"

Tenemos aquí una de las primeras obras del autor en la que el tema principal es el erotismo.
Es una de las primeras obras eróticas del artista, está datada de 1901, lo que correspondería a la etapa azul de Picasso.

En estas primeras obras, nos encontramos con unos dibujos muy poco explícitos a diferencia de lo que serán  los más tardíos que suelen estar influenciados por la estampa erótica mucho más explícita.
En esta etapa el erotismo de Picasso será más bien, escenas de amor del propio artista con alguna de sus amantes, como en este caso lo es Odette. 
La obra se crea a parir de un trazado muy sencillo, es una acuarela en la que lo que básicamente lo que podemos diferenciar son dos cuerpos fundidos en un abrazo, no podemos ni distinguir cual el cuerpo de una mujer o cual es el de hombre. Además no observamos los sexos, ni los pechos de la mujer, algo muy típico del arte erótico.
Este sutil erotismo que nos presenta aquí Picasso (y en muchas de sus obras eróticas en las que se representa con sus amantes) nos intenta acercar más al hecho de enamorarnos que al hecho de excitarnos sexualmente hablando. 

Bibliografía: SOLER, A. Picasso erótico: conferencia Fundación  15 de Mayo, Málaga 1989


Loreto Sotelo Hermida

miércoles, 3 de abril de 2013

El desnudo en el arte de Picasso no es necesariamente erótico y lo vestido no es estrictamente púdico, idea que reafirmaba Antonio Soler en su exposición sobre "Picasso erótico". Si bien esta paradoja puede dar lugar a ciertas confusiones, pero veremos, a continuación, como ésta idea es fácilmente confirmable.


Entre enero y marzo de 1932, Picasso hizo una serie de retratos donde posaba la sensual figura de Marie-Thérèse, modelo del pintor desde 1927 hasta 1935. Aquí tenemos un ejemplo de obra maestra de esta serie del año 1932 titulada El sueño. La idea de la sensualidad y de la femineidad que evoca la figura de Marie se traduce en las amplias y sinuosas curvas que poseía el cuerpo de la joven modelo y en ella Picasso supo plasmar una idea particular del erotismo dentro de su corpus de obras. Los volúmenes que se configuran en este particular retrato evocan un deseo erótico irreprimible que seguramente sentía el artista al pintarla en todo su esplendor. Estos signos erótico-sexual son visibles fácilmente por la visión del pecho descubierto de la dama y la división sinuosa de su rostro que parece vislumbrar la forma de un miembro viril masculino.
el carácter erótico-sexual que exprime el pintor malagueño en esta obra es una idea que se ve en la propia escena del lienzo, y no es otro que el tema del sueño femenino. Un sueño impúdico que vive la joven que descansa apaciblemente en este sofá,  un sueño carnal irreprimible que se palpa en sus volúmenes, en la visión del seno descubierto y en la posición descarada de ambas manos que parecen ir directo a su entrepierna.
Según Antonio Moravia, en esta obra, y en muchas otras manifestaciones de tintes eróticos de Picasso, el pintor malagueño quiere situar al espectador en una posición de voyeur y le convierte en cómplice mediante el ojo espía imaginario que se asoma a una cerradura donde se puede vislumbrar a una mujer que no parece percatarse de que la están observando. En esta obra se ve muy bien esta disposición de Picasso al calificar al espectador de voyeur y al que éste, en dicho caso, observa el descarado sueño de una joven que nunca despertará dentro del propio cuadro.

Bibliografía:
Soler, A., Picasso erótico, Málaga, Fundación Pablo Ruiz Picasso, 1990.
Esteban, P., Los grandes genios del arte contemporáneo. Picasso, Milano, El Mundo, 2004.

Agustín Gonzalo Mass Rivera.