Ya veíamos en la serie de Rafael y la Fornarina de Picasso la gran admiración que sentía el pintor por uno de los mayores artistas plásticos del siglo XIX, el aclamado Ingres. Pero en los años cincuenta del siglo pasado vuelca su mirada en la obra pictórica de Delacroix, y específicamente en el cuadro de Las mujeres de Argel, obra que iba a ver a menudo al museo Louvre junto con su pareja de estos años, Françoise Girot.
Tal era su admiración que llevaba tiempo planteando hacer variaciones sobre este cuadro, sueño que fue efectivo en 1955 con esta Las mujeres de Argel, según Delacroix. Picasso ejecuta este cuadro siguiendo prácticamente una composición parecida al de la obra del artista francés. Lo que cambia nuestro pintor en esta variación no es solo el uso de su propia técnica pictórica (empleo de colores saturados y una estética que recuerda al cubismo de los años diez), sino que despoja a las mujeres de sus vestiduras y las desnuda de forma explícita. La idea de Picasso es desvestir a los personajes femeninos eliminando la mirada púdica de Delacroix, una osadía que solo es posible gracias a la mano y la intelectualidad del pintor malagueño.
Estas mujeres de Argel representa el mito de Oriente Próximo, específicamente de la sensualidad y el erotismo que despierta el tema del harén. El carácter exótico de esta temática (que empezó sus andaduras gracias a la corriente orientalista que ocurría en la Francia romántica del siglo XIX) siempre tuvo una asociación con el carácter voyeur del espectador que aprecia una escena placentera, como bien es el baño impúdico de bellas mujeres orientales. Picasso, a través de esta pintura de Delacroix, rescata el tema y hace su propia visión del harén resaltando tanto la desnudez de las figuras como la pasividad de dicha estampa. Lujo oriental y placer visual donde nuestro pintor deja su impronta en la propia historia de la pintura.
Bibliografía:
BERNADAC, M. L., Picasso. Genialidad en el arte, Blume, Barcelona, 2011.
Agustín Gonzalo Mass Rivera.

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